Empezaré diciendo que tienes un rostro sencillo y de buena persona.
Mis abuelos maternos y paternos eran del campo mis padres fueron del campo y yo también trabajé con mi padre en el campo.
(En los arrozales del Palmar Valencia) Te puedo decir buena mujer que al trabajo del campo, es uno de los más dignos que existen.
(Ver como crecen las plantas es precioso.
)
Lo que hace falta es, que la escoria de políticos que tenemos lo valoren.
El campo la Ciudad la Fábrica Empresa Multinacional el Campesino el Barrendero o como se quiera llamar son tan valiosos e indispensables que no hay motivo para no saludar si son labores desempeñadas por gente Valiosa
Dios te Bendiga
Cada mañana, antes de que el pueblo termine de despertarse, ella ya está afuera. El aire es frío, la tierra pesa, y sus manos lo cuentan todo: tierra bajo las uñas, marcas de trabajo que no se borran. No se queja. Trabaja. Porque alguien tiene que hacerlo.
Al final del día, pasa por el centro a comprar pan o a buscar algunas cosas. Y ahí el silencio se siente más fuerte que cualquier motor. La miran… y luego apartan la mirada. Algunos guardan la sonrisa, como si saludarla fuera “rebajarse”. No porque ella haya hecho algo malo, sino porque su ropa huele a campo, a viento y a lluvia.
Lo que no ven es lo que su trabajo se convierte: comida en la mesa, verduras en el plato, almuerzos listos para los niños. Su esfuerzo no aparece en discursos. Aparece en la vida diaria de todos.
Ella no pide elogios. No pide atención. Solo un gesto sencillo que diga: te veo. Te respeto. Tu trabajo vale.
Y quizá eso es lo que más duele: sentirse invisible mientras alimentas al mundo.
Cada mañana, antes de que el pueblo termine de despertarse, ella ya está afuera. El aire es frío, la tierra pesa, y sus manos lo cuentan todo: tierra bajo las uñas, marcas de trabajo que no se borran. No se queja. Trabaja. Porque alguien tiene que hacerlo.
Al final del día, pasa por el centro a comprar pan o a buscar algunas cosas. Y ahí el silencio se siente más fuerte que cualquier motor. La miran… y luego apartan la mirada. Algunos guardan la sonrisa, como si saludarla fuera “rebajarse”. No porque ella haya hecho algo malo, sino porque su ropa huele a campo, a viento y a lluvia.
Lo que no ven es lo que su trabajo se convierte: comida en la mesa, verduras en el plato, almuerzos listos para los niños. Su esfuerzo no aparece en discursos. Aparece en la vida diaria de todos.
Ella no pide elogios. No pide atención. Solo un gesto sencillo que diga: te veo. Te respeto. Tu trabajo vale.
Y quizá eso es lo que más duele: sentirse invisible mientras alimentas al mundo.
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