Hoy cumplí 90 años. Noventa años: tiempo suficiente para ver cómo el mundo cambia de colores, de sonidos, de ritmo. Tiempo suficiente para perder a personas que amé, para despedirme de maneras que nunca imaginé… y aun así seguir adelante. Esta mañana me desperté temprano, como siempre. Me hice un té, me acomodé el suéter sobre los hombros y me senté un momento en ese silencio donde los recuerdos suenan más fuerte que el presente. Miré el calendario y vi el día marcado: mi cumpleaños. Sonreí sin querer… y luego esperé. Esperé una llamada. Un mensaje. Un simple “feliz cumpleaños”. Pero pasaron las horas y la casa siguió en calma. Tal vez la gente está ocupada. Tal vez el tiempo va demasiado rápido. Tal vez, después de cierta edad, el mundo cree que ya no necesitas mucho. Pero la verdad es sencilla: uno nunca deja de necesitar sentirse recordado. Nunca se pierde el deseo de ser visto con cariño. Si hay un regalo que he aprendido a valorar, no es una fiesta ni velas ni cosas. Es la bondad que llega en silencio, en un día cualquiera, solo para recordarte que importas. Y hoy, en mis 90, un pequeño deseo de cumpleaños significaría más de lo que puedo explicar.

Hoy cumplí 90 años.
Noventa años: tiempo suficiente para ver cómo el mundo cambia de colores, de sonidos, de ritmo. Tiempo suficiente para perder a personas que amé, para despedirme de maneras que nunca imaginé… y aun así seguir adelante.

Esta mañana me desperté temprano, como siempre. Me hice un té, me acomodé el suéter sobre los hombros y me senté un momento en ese silencio donde los recuerdos suenan más fuerte que el presente. Miré el calendario y vi el día marcado: mi cumpleaños. Sonreí sin querer… y luego esperé.

Esperé una llamada. Un mensaje. Un simple “feliz cumpleaños”.
Pero pasaron las horas y la casa siguió en calma.

Tal vez la gente está ocupada. Tal vez el tiempo va demasiado rápido. Tal vez, después de cierta edad, el mundo cree que ya no necesitas mucho. Pero la verdad es sencilla: uno nunca deja de necesitar sentirse recordado. Nunca se pierde el deseo de ser visto con cariño.

Si hay un regalo que he aprendido a valorar, no es una fiesta ni velas ni cosas. Es la bondad que llega en silencio, en un día cualquiera, solo para recordarte que importas.

Y hoy, en mis 90, un pequeño deseo de cumpleaños significaría más de lo que puedo explicar.

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